FORMACIÓN ON-LINE

Este material no pretende sustituir la necesaria formación presencial en los grupos, con la riqueza que el trabajo en común supone, pero sí puede permitir a aquellos que no puedan venir a la parroquia tener un material de formación personal.

Es un material formativo que trata de resumir el libro I del Itinerario de Formación de Adultos  de la Acción Católica, para aquellos que quieran seguirlo para su formación. Cada tema consta de dos partes, una primera parte más teórica y una segunda parte para profundizar personalmente con preguntas. Agradecemos el trabajo de la parroquia de San Sebastian de Sevilla que nos ofrece este material.

TEMA I

ACOGER A DIOS QUE REVELA EN JESUCRISTO SU MISTERIO Y SU PLAN SALVADOR

NATURALEZA Y SENTIDO DE LA REVELACIÓN

 

La primera idea que debe quedarnos clara al comenzar nuestra formación es que es Dios quien, a través de Jesucristo, decide libremente revelarse (decirnos quien es Él) a nosotros. No es el hombre el que toma la iniciativa, es Dios quien nos busca para comunicarse con nosotros, para ofrecernos la salvación y la felicidad.

La segunda idea que debemos tener presente es que debemos afrontar este itinerario formativo con una actitud de búsqueda, aunque llevemos mucho tiempo ya dentro de la Iglesia. Vamos a intentar “alcanzar una fe más evangélica, más centrada en lo esencial del Evangelio de Jesús, y una vida más coherente con nuestra fe, para que seamos presencia de Dios en nuestra sociedad y en nuestro mundo, y así podamos ser fermento de vida, justicia y paz”.

Dios tiene un plan para nosotros que San Pablo expone perfectamente en el himno que aparece al comienzo de la Carta a los Efesios. Analicemos algunas partes de este texto.

3Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Dios,  a través de su Hijo Jesucristo, nos transmite todos los bienes que es lo más profundo de nosotros podemos desear.

4Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante él por el amor.

 

Nos ha elegido a cada uno de nosotros, nos tiene en su mente desde siempre y desea que estemos unidos a Él, esto es, que llevemos una vida de santidad. Nuestra condición pecadora no es un obstáculo para que lleguemos a alcanzar la santidad.

5Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos

Dios quiere que toda la humanidad forme con Él una gran familia.

Además de todo esto, se nos ofrece a Sí mismo como don, como regalo, convirtiéndonos en templos del Espíritu Santo.

Pero esta revelación de Dios al hombre no fue repentina, sino que se fue dando paso a paso, poco a poco, para que pudiera ser asimilada mejor.

El primer paso de esta revelación de Dios lo tenemos en la creación, dado que toda obra creada nos dice algo de su autor.

El segundo paso lo encontramos en el propio corazón de la persona, donde anida un deseo de ir más allá, de buscar un bien, una justicia, una belleza, una felicidad, en resumen, una plenitud que está por encima de él mismo. Este sentimiento se ha dado en todas las generaciones. El ser humano siempre ha buscado un más allá que sólo está en Dios.

Como consecuencia de esa búsqueda van surgiendo las distintas religiones. Dios va preparando poco a poco su revelación definitiva, adaptándola a las distintas etapas de maduración de la humanidad.

Entre todos los pueblos, Dios elige a Israel para ir concretando su revelación. Hace una alianza con este pueblo, el cual a veces cae en errores; pero Dios siempre se mantiene fiel con él y quiere que transmita al resto de los pueblos que Él es el verdadero Dios. Esta parte de la revelación la encontramos en el Antiguo Testamento.

Finalmente, se nos reveló definitivamente en Jesucristo, nacido en el seno del pueblo judío, pero enviado por el Padre a toda la humanidad (Nuevo Testamento). En nuestro camino de formación iremos descubriendo que “Jesús crucificado y resucitado es nuestra mejor esperanza, que Dios no tenía ni tiene nada mejor que ofrecernos, porque en Jesucristo, su Hijo amado, se nos estuvo dando a Sí mismo”.[iii]

Reflexión personal.-

1/ VER: MIRADA CREYENTE.

 ¿Qué obstáculos crees que se dan en nuestra sociedad actual para que atendamos a la llamada que Dios nos dirige a cada uno?

2/ JUZGAR: REFLEXIÓN CREYENTE.

 ¿Crees que abrir las puertas a ese Dios que nos busca –como hemos visto en el himno de la Carta a los Efesios—puede implicar un cambio en nuestra vida? (No digas sólo sí o no, razona la respuesta).

3/ ACTUAR: COMPROMISO CREYENTE.

¿Cómo puedo responder a este Dios que me buscaba incluso antes de nacer y que me envía a su Hijo Jesucristo para que me enseñe quién es Él? (Piensa en actos concretos de tu vida diaria, cosas sencillas que puedas cumplir).

Sería bueno, que al terminar esta reflexión le dijeras a Dios con sencillez lo que has sentido al reflexionar sobre este tema.

 

TEMA 2

EL EVANGELIO ES ANUNCIADO, DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN, POR LA IGLESIA

LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN[i]

En este tema analizaremos como la Revelación que Dios hace de sí mismo a través de Jesucristo ha llegado hasta nosotros mediante la Iglesia. También contemplaremos nuestra responsabilidad en la transmisión de esta Revelación.

En el  evangelio de  S. Mateo, cuando Jesús va a ascender junto al Padre después de su resurrección, leemos: “Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todos lo que os he mandado” (Mt 28, 19-20a). Estas palabras las dirige a sus discípulos para que ellos asumieran la tarea evangelizadora. La Revelación debe llegar a todos los seres humanos. Para que puedan cumplir esta misión, les enviará al Espíritu Santo.

Los primeros discípulos y todas las personas que fueron creyendo su mensaje constituyeron la Iglesia, que a lo largo del tiempo y del espacio ha ejercido su tarea evangelizadora, “con su enseñanza, con su vida y su culto”[ii].  Gracias a ella, nosotros hemos recibido la revelación de Dios, la Buena Noticia, es decir, el Evangelio.

En nuestros días, la iglesia es vista por muchos como algo negativo y en muchos medios sólo se sacan a la luz sus defectos, que los tiene, ya que está formada por seres humanos; pero nosotros, los que pertenecemos a ella, debemos dirigirle una mirada agradecida porque ha sido y es la transmisora del mensaje de Jesús. A lo largo de la historia muchos hombres y mujeres han llegado a la santidad gracias a la evangelización de la Iglesia y sus enseñanzas basadas en el Evangelio han contribuido en gran medida al progreso de la humanidad.

Nosotros, los cristianos de hoy, somos también los discípulos del Señor y también Él nos encomienda que transmitamos su Evangelio a todas las gentes. Somos testigos de Jesucristo, aunque de distinta manera de cómo lo fueron los primeros discípulos. ¿Cuál es nuestra misión?

  • Ser testigos de la fe en nuestro entorno, en nuestra familia, en nuestro trabajo, con nuestros amigos.
  • Anunciar el Evangelio con nuestras palabras y con el testimonio de nuestra propia vida.
  • Compartir nuestras alegrías y esperanzas con todos, para que conozcan el amor de Dios y su plan de salvación manifestado en Jesucristo.
  • Bautizar a los que abracen la fe en Jesucristo.
  • Ofrecer el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios, para alcanzar el gozo de la vida nueva que Dios nos regala.
  • Vivir nuestro cristianismo en comunidad, en cuyo centro está Cristo, presente y cercano en la Eucaristía.

Nuestra transmisión del Evangelio se basa en la tradición apostólica, ya que Jesús encargó a sus apóstoles esta misión. Ellos llevaron a cabo las primeras predicaciones, después del Maestro y también fijaron los contenidos de estas en los escritos del Nuevo Testamento. Jesús enseñó con sus palabras. Él mismo, con su vida, fue la Palabra de Dios. Envió a sus discípulos y apóstoles a evangelizar a todos los pueblos y fueron los apóstoles, con sus “palabras”, los que cumplieron el encargo del Señor. Por eso, el testimonio de los apóstoles es digno de confianza y de gran aprecio por las generaciones de cristianos sucesivas y así debemos sentirlo también nosotros.

Pablo VI, en la encíclica Evangelii Nuntiandi, nos dice: “Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes” (EN, 14).

Así pues, la iglesia nace de la acción evangelizadora de Jesús y los apóstoles. Ella misma, y por lo tanto todos los que pertenecemos a ella, es enviada por el Señor a evangelizar, comenzando por evangelizarse a sí misma, para conservar su fuerza y poder seguir anunciando es Evangelio, convirtiéndose y renovándose constantemente para ser creíble en el mundo.

Reflexión personal.-

1/ VER: MIRADA CREYENTE.

 ¿Crees que los cristianos de tu entorno son conscientes del bien qué les ha hecho la Iglesia al transmitirle el Evangelio? Razona la respuesta.

2/ JUZGAR: RELEXIÓN CREYENTE.

 ¿Cómo valoras tu actitud personal ante el bien qué has recibido de la Iglesia?

3/ ACTUAR: COMPROMISO CREYENTE.

 ¿Qué puedes hacer para que tus amigos y conocidos conozcan mejor el mensaje de la Iglesia?

Al igual que en el tema anterior, sería conveniente que te dirigieras sencillamente a Dios expresándole lo que has sentido al reflexionar sobre este tema.

[i] Resumen del Tema II del tomo 1 del Itinerario de Formación Cristiana para Adultos.

[ii]  Itinerario de Formación Cristiana para Adultos. Tomo I, pág86

 

TEMA 3

EL HOMBRE ES “CAPAZ DE DIOS”: UN SER FINITO CON SED DE INFINITO[1]

En este tema veremos como la Buena Noticia, la revelación de Dios en Jesucristo es una respuesta a las aspiraciones más profundas del ser humano: la busca de plenitud y felicidad.

El hombre encuentra en su camino mucho dolor, motivado a veces por causas biológicas y psicológicas, pero también por la violencia y la injusticia. A lo largo de la historia siempre ha buscado la liberación en sus diversos sentidos: económica, social, política, religiosa, etc. Por su condición humana, distinta a la de los animales, siempre ha querido superarse y ha avanzado a lo largo del tiempo en civilización tecnología, etc. Pero su deseo más radical es el de la felicidad:

         El ser humano es un buscador insaciable de la paz y de la felicidad. Ninguna adquisición de bienes materiales, ninguna situación vital, por satisfactoria que parezca, consigue detener esa búsqueda. Somos peregrinos hacia un destino de plenitud que no encontramos nunca del todo en el mundo[2].

Esta búsqueda de la felicidad es la huella de Dios en nosotros, por eso podemos decir que el hombre es un ser religioso. Aunque rechace a Dios o lo olvide, Él siempre lo seguirá llamando. Por nuestra parte, esta búsqueda nos supone un esfuerzo de la inteligencia y de la voluntad, además del testimonio de otras personas que nos enseñen a buscar a Dios.

Por otra parte, el ser humano puede conocer a Dios a través de la creación.

“Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza

del aire amplio y difuso. Interroga a la belleza del cielo, interroga al orden de las

estrellas, interroga al sol, que con su esplendor aclara el día; interroga a la luna, que

con su claridad modera las tinieblas de la noche. Interroga a las fieras que se mueven

en el agua, que caminan sobre la tierra, que vuelan en el aire: almas que se esconden,

cuerpos que se muestran; visible que se deja guiar, invisible que guía. ¡Interrógales!

Todos te responderán: ¡Míranos: somos bellos! […]Esta belleza mudable ¿quién la ha     creado, sino la Belleza Inmutable?”[3]

Además de lo ya señalado, creer en Dios es razonable. La persona y el mundo no tienen en ellos mismos su principio ni su fin. De no haber intervenido Alguien que les diera el ser, el universo y el ser humano, por sí mismos no podrían ser. Podemos llegar al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo y que, como dice santo Tomás, “todos llaman Dios”. Aunque es verdad que nuestra época está marcada por dos posiciones enfrentadas sobre el origen de las cosas: la visión laicista o materialista y la visión religiosa. Los cristianos afirmamos que todo tiene su origen en Dios.[4]

Pero Dios no es solamente una idea o un conocimiento para nosotros. Es Alguien con quien podemos mantener una relación personal, dado que Él, infinitamente superior a nosotros, nos ha creado y nos ama.

“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar”.[5]

 

Pese a lo anteriormente apuntado, el ser humano puede olvidar o rechazar su relación con Dios, pues a veces se dan condiciones culturales, económicas y políticas que obstaculizan seriamente o hacen difícil que la persona preste la debida atención a Dios. Aunque nuestro conocimiento de Él siempre será limitado e imperfecto.

Finalmente, dado que Dios se ha dado a nosotros, nuestra forma de acceso a Él es la entrega. Es importante que conozcamos a Dios tal como Él se nos ha revelado en Jesucristo, escuchando la Palabra y con la ayuda de su gracia, pero sin formarnos una idea de Dios que no sea más que una mera proyección de nuestros temores o deseos.

Reflexión personal.-

1.- VER: MIRADA CREYENTE.

Según el modo de vivir y lo que manifiestan en lo que hacen y dicen, ¿en qué suelen poner su felicidad las personas de mi propio ambiente o de la sociedad en general?

2.- JUZGAR: REFLEXIÓN CREYENTE. “Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud”. Encontramos estas palabras de Jesús en el evangelio  de San Juan, cap. 10, 10b. ¿Cómo vives tú esta verdad?

3.- ACTUAR: COMPROMISO CREYENTE.

¿Qué puedes hacer para ayudar a los demás, incluso a ti mismo, a descubrir que Dios es el fin de nuestras aspiraciones más profundas?

Al igual que en los temas anteriores, sería conveniente que te dirigieras sencillamente a Dios expresándole lo que has sentido al reflexionar sobre este tema.

[1] Resumen del Tema III del tomo 1 del Itinerario de Formación Cristiana para Adultos.

[2] Benedicto XVI, Dios es Amor. 20.

[3] (San Agustín, Sermo CCXLI, 2: PL 38, 1134)

[4] Tema III del tomo 1 del Itinerario de Formación Cristiana para Adultos págs. 110, 111.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 27.

 TEMA IV 

LA BUENA NOTICIA: “DIOS HA RESUCITADO A JESÚS Y LO HA CONSTITUIDO SEÑOR” (cf. Hch 2, 32.36)[1]

El título del tema que ahora empezamos constituye el núcleo de la Buena Noticia. La convicción y acogida de estas palabras es la finalidad de nuestra etapa de formación y de nuestra vida cristiana. La resurrección de Cristo es garantía de nuestra resurrección y muestra a un Dios de vivos que destina al hombre a compartir con Él la vida eterna.

Como ya vimos en temas anteriores, Jesús de Nazaret proclamó la Buena Noticia y Él mismo en persona era esa Buena Noticia. Después de su muerte, resurrección y ascensión, los apóstoles, tras la venida del Espíritu Santo sobre ellos, siguieron proclamando la Buena Noticia de Dios. Leamos atentamente el discurso de Pedro a los israelitas que aparece recogido en los Hechos de los Apóstoles:

“Pedro, en pie con los once, levantó la voz y proclamó solemnemente:

Israelitas, escuchad: Jesús de Nazaret fue el hombre a quien Dios acreditó entre vosotros con los milagros, prodigios y señales que realizó por medio de Él entre vosotros, como bien sabéis. Dios lo entregó conforme al plan que tenía previsto y determinado, y vosotros valiéndoos de los paganos lo crucificasteis y lo matasteis. Dios, sin embargo, lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, pues era imposible que esta lo retuviera en su poder.

Así pues, que todos los israelitas tengan la certeza de que Dios lo ha constituido Señor y Mesías a este Jesús, a quien vosotros crucificasteis” (Hch 2, 14.22-24.36).

En él, Pedro se refiere a la muerte y resurrección de Jesús, a su Misterio pascual y al significado revelador y salvador que ese acontecimiento encierra[2].

Releamos las palabras subrayadas y preguntémonos cuál es nuestra postura ante este anuncio de Pedro; reflexionemos sobre él, porque la aceptación de lo que aquí se nos dice es fundamental para ser auténticos cristianos.

Jesucristo está vivo, “nos interpela y nos invita a descubrir las dimensiones más profundas de la existencia y nos ofrece la plena liberación y salvación y el logro de una felicidad mayor de la que podemos imaginar”[3].

Ser cristiano supone haberse encontrado con Jesucristo y haber entrado en relación personal con Él. Para ello, es necesario conocerle. Cuando decimos su nombre, estamos haciendo ya una confesión de fe: Jesús –el personaje histórico—y Cristo –el Mesías enviado por Dios, el Hijo de Dios. Ya decíamos al principio que Jesús proclama y es Él mismo la Buena Noticia. Viene a inaugurar el reino de Dios, el cual actúa en medio de los hombres para llevarlos a la plenitud de su realización. Además, Jesús nos enseña que ese Dios es un Padre que nos ama. El reino de Dios “crecerá en la medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como un Padre en la intimidad de la oración, y se esfuerce en cumplir su voluntad”.[4]

El mismo Jesús va revelando las características del reino con sus palabras, obras y persona.

a.- El reino está destinado a todos los hombres y especialmente a los pobres. No sólo lo dice –Bienaventurados los pobres, Lc 6, 20—sino que lo manifiesta con su actitud: se relaciona con ellos, los trata como a iguales, etc., demostrándoles el amor que Dios les tiene.

b.- Ese reino trae consigo la salvación integral, es decir, afecta tanto a lo físico como a lo espiritual. Jesús, en su vida pública, cura y perdona.

c.- El reino se realiza desde el mandamiento del amor. Jesús da un nuevo mandamiento: Que os améis los unos a los otros como yo os he amado(Jn 13, 34) y su amor lo llevó al extremo de dar su vida por todos. “La naturaleza del reino es la comunión de todos los seres humanos entre sí y con Dios”[5].

d.- El dinamismo del reino abarca a todos: a las personas, a la sociedad, al mundo entero.

e.- El reino se inaugura definitivamente con la resurrección de Jesús, ya que por ella su mensaje cobra un alcance universal. Jesús, por su muerte, resurrección y ascensión al cielo participa del poder de Dios y de su dominio sobre el mundo: es constituido Señor.

El anuncio del reino será continuado por los apóstoles, después de recibir al Espíritu Santo, haciéndolo libre y valientemente, lo cual les costará la vida. La acción del Espíritu se ve en como se insiste en extender por todo el mundo la Buena Noticia. Ya no se dirigirá sólo a los judíos, sino también a los paganos, como hicieron Pablo y Bernabé. La Buena Noticia fue propagándose hasta llegar a Roma, cumpliendo así su destino universal.

Reflexión personal.-

1.- VER: MIRADA CREYENTE.

 Reflexiona sobre la siguiente afirmación: sin la fe en la resurrección de Jesucristo, carece de sentido la proclamación del Evangelio, la celebración de la liturgia de la Iglesia y la misma vida de los cristianos.

2.- JUZGAR: REFLEXIÓN CREYENTE.

¿Cuál es actualmente tu vivencia personal de Jesucristo? ¿Te puedes considerar un cristiano verdaderamente convertido? ¿En qué medida Cristo resucitado es la Buena Noticia para ti, para tu vida? ¿Qué crees que te falta para que lo sea?

3.- ACTUAR: COMPROMISO CREYENTE

 ¿Cómo podrías ayudar a personas cercanas a ti a tener este encuentro con Cristo resucitado?

Al igual que en los temas anteriores, sería conveniente que te dirigieras sencillamente a Dios expresándole lo que has sentido al reflexionar sobre este tema.

[1] Resumen del Tema IV del tomo 1 del Itinerario de Formación Cristiana para Adultos.

[2] Tema IV del tomo 1 del Itinerario de Formación Cristiana para Adultos pág. 122

[3] Ob. cit. pág. 123

[4] Ob. cit. pág. 126

[5] Ob. cit. Pág. 127

TEMA V

JESUCRISTO, EN SU MISTERIO PASCUAL, NOS REVELA A DIOS COMO AMOR Y AL HOMBRE EN SU DIGNIDAD Y VOCACIÓN1

Jesús –Emmanuel—es Dios con nosotros. Sin dejar de ser Dios, se hizo hombre con la colaboración de María, por obra del Espíritu Santo para:

  • Decirnos quién es Dios
  • Hacernos hijos de Dios
  • Para que vivamos en comunión de amor y vida con Él, el Padre y El Espíritu Santo.

Y permanecerá con nosotros hasta el final de los tiempos.

Cada uno de nosotros es quien es porque Dios lo creó con amor y está en nosotros. Si no fuera así, no existiríamos. Nos conoce personalmente como criaturas suyas:

   1Señor, tú me sondeas y me conoces; 2me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; 3distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. 4No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda.5Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma.6Tanto saber me sobrepasa, es sublime, y no lo abarco.

8Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro; 9si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, 10allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha.

13Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. 14Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras; conocías hasta el fondo de mi alma,15no desconocías mis huesos.           Cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra, 16tus ojos veían mis acciones, se escribían todas en tu libro; calculados estaban mis días antes que llegase el primero.  (Sal 138)

Conocemos a Dios porque Él mismo, por medio de Jesucristo, se nos ha dado a conocer, pues nos ama y nos invita a unirnos a Él.

Jesús nos muestra un Padre que nos ama incondicionalmente pese a nuestras limitaciones; que siempre nos está esperando cuando nos alejamos de Él; que nos acoge sin resentimiento cuando volvemos a su lado (recordemos la parábola de El hijo pródigo, Lc 15). En Mc 10, 18 leemos: “No hay nadie más bueno que Dios”.

Las profesiones de fe de la Iglesia, siguiendo la enseñanza de Jesús, atribuyen al Padre la obra de la creación. Siendo el Padre bueno el origen único de todo lo que existe, el mundo es, en su raíz, bueno, luminoso, tiene un sentido divino. Todo procede de la suma inteligencia y bondad del Creador que vive ejerciendo su providencia amorosa al servicio del ser humano (Dios es Amor, n. 31).[1]

Este Padre nos ama con entrañas de madre. Leemos en el Antiguo Testamento: “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque esas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Is 49, 15). Juan Pablo II nos dice en Evangelium vitae, 39: Dios es el Padre “cuyas manos son cariñosas como las de una madre”.

Jesucristo habla de Dios como  su Padre y lo invoca como tal, manifestando su cercanía a Dios. Utiliza la palabra Abba, que es el término familiar usado en su lengua para llamar al padre.

En el Evangelio de Juan, Padre es la palabra con la que Jesús nombra a Dios y utiliza Hijo para referirse a sí mismo. Es el Padre el que envía a Jesús al mundo para que muestre su amor a los hombres.

Dios es Amor.

Queridos, amémonos unos a otros, pues el amor viene de Dios; todo el que ama es hijo de Dios y conoce a Dios.Quien no ama no ha conocido a Dios, ya que Dios es amor.  Dios ha demostrado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único para que vivamos gracias a él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para expiar nuestros pecados.   Queridos, si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarnos unos a otros.  A Dios nunca lo ha visto nadie; si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros. Reconocemos que está con nosotros y nosotros con él porque nos ha hecho participar de su Espíritu.  Nosotros lo hemos contemplado y atestiguamos que el Padre envió a su Hijo como salvador del mundo.   Si uno confiesa que Jesús es Hijo de Dios, permanece con él y él con Dios. Nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tuvo. Dios es amor: quien conserva el amor permanece con Dios y Dios con él. El amor llegará en nosotros a su perfección si somos en el mundo lo que él fue y esperamos confiados el día del juicio. En el amor no cabe el temor, antes bien, el amor desaloja el temor. Pues el temor se refiere al castigo, y quien teme no ha alcanzado un amor perfecto. Nosotros amamos porque él nos amó primero. Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; pues si no ama al hermano suyo a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y el mandato que nos dio es que quien ama a Dios ame también a su hermano. (1 Jn 4, 7-21)

No es correcto decir que Dios tiene amor, sino que Dios es amor. El amor es la esencia de Dios. Esto lo demuestra enviando al mundo a su Hijo para que se hiciera hombre y diera su vida por la humanidad. Este Dios Padre nos incluye en el amor con que ama a su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo.

Nosotros, como hijos de Dios y discípulos de Jesucristo, debemos también amarnos, participar de ese amor misericordioso e infinito de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Reflexión personal.-

1.- VER: MIRADA CREYENTE¿Qué reacción observas entre las personas de tu ambiente cuando experimentan actos de amor auténtico a los demás? ¿Puedes exponer un hecho concreto vivido por ti?

2.JUZGAR: REFLEXIÓN CREYENTE. A la luz de 1 Jn 4, 7-21: ¿Qué cambios en nuestra forma de vida implica nuestra fe en que Dios es Amor? ¿Podemos introducir esos cambios con nuestras fuerzas o necesitamos una profunda experiencia de sentirnos amados por Dios? ¿Cuál es tu experiencia?

3.- ACTUAR: COMPROMISO CREYENTEPlantéate un compromiso concreto y realista para multiplicar en tu vida los actos de amor a las personas de tu propio ambiente, como expresión de tu fe en Dios.

Al igual que en los temas anteriores, sería conveniente que te dirigieras sencillamente a Dios expresándole lo que has sentido al reflexionar sobre este tema.

[1] Tema V del tomo 1 del Itinerario de Formación Cristiana para Adultos pág. 140

TEMA V 2ª PARTE

JESUCRISTO, EN SU MISTERIO PASCUAL, NOS REVELA A DIOS COMO AMOR Y AL HOMBRE EN SU DIGNIDAD Y VOCACIÓN1

 “El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo a todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre… se hizo verdaderamente uno de nosotros en todo semejante a nosotros menos en el pecado (cf. Hb 4, 15)”.[1]

Jesucristo, en su Misterio pascual, se nos muestra como el hombre perfecto que ama hasta el extremo. En su vida y su muerte vemos la grandeza de la  dignidad y vocación de todo ser humano.

Nosotros también estamos llamados a amar  “como Él nos ha amado” a Dios y a las demás personas. Para ello, contamos con la ayuda de la gracia y con nuestra colaboración.

Los cristianos estamos llamados a redescubrir a nuestros semejantes la dignidad de todo ser humano. El hombre no cuenta por lo que “tiene”, sino por lo que “es”.

Además de creer que el hombre es un ser consciente, inteligente y libre, sujeto de derechos y de deberes inalienables, los cristianos damos un paso más: “Esa plenitud a la que el hombre es llamado consiste en llegar a identificarse con Jesucristo a lo largo de su vida y en su muerte, para unirse definitivamente con Dios  más allá de su vida terrena […] Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser hijo en el Hijo y templo vivo del Espíritu Santo”.[2]  Por eso, toda violación de la dignidad personal del ser humano es una ofensa a Dios, su Creador.

La dignidad personal es igual para todos los hombres, por eso no podemos aceptar ningún tipo de discriminación: racial, económica, social, etc.

Cada persona es única e irrepetible y al mismo tiempo es un ser social llamado a relacionarse con los demás y a darse a ellos por amor. Todo lo que hagamos por una persona, lo hacemos por la sociedad y viceversa, todo lo que hacemos por la sociedad lo hacemos por las personas. Siguiendo el ejemplo de Jesucristo, prestamos servicio a los que nos rodean, haciendo hincapié en los más pobres y en los que sufren.

Para el cristiano, el bien absoluto es Dios y no los ídolos como el dinero, el éxito, el poder, el placer, etc. Hoy en día se tiende también a idolatrar al hombre haciendo que todo esté a su servicio, poniendo en peligro a la naturaleza o la dignidad de otros hombres. La actitud del cristiano es muy distinta, porque ve en todo un reflejo de la gloria de Dios.

Jesucristo, el Hijo, nos reveló que Dios es nuestro Padre. Esto nos hace a todos hermanos.

“El Dios crucificado nos muestra que el amor a Dios es inseparable del amor al hombre. Son inseparables porque Dios y el hombre están inseparablemente unidos en Jesucristo hasta la muerte. La muerte del Hijo de Dios en la cruz nos dice con claridad suprema hasta qué punto es valioso el ser humano a sus ojos, esa única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma”. [3]

Todo hombre, sea cual sea su condición, es amado por Dios. Cristo derramó su sangre por todos, de ahí que todos seamos dignos de amor, en particular los más débiles y los más necesitados. De ahí que estemos llamados a amar al prójimo como Dios lo ama, como ama a cada uno de nosotros.

“El Misterio de la Pascua del Señor –su pasión, muerte y resurrección—es la realización suprema del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo hacia todos los hombres. Este misterio se hace realmente presente en la Eucaristía. En la Eucaristía nos unimos a Cristo, en su muerte y resurrección. En ella, Cristo resucitado nos comunica el Espíritu Santo” (Cf. Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucaristia, 2003).[4]

Reflexión personal.-

1.- VER: MIRADA CREYENTE.

 Piensa en algún hecho en el que aparezca alguna de las formas en las que suele negarse la dignidad sagrada de la persona. ¿Por qué esa negación tiene una especial trascendencia cuando quienes la realizan se consideran cristianos?

2.- JUZGAR: REFLEXIÓN CREYENTE.

 Lee el siguiente texto del evangelio de San Mateo:

“Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

Él le contestó:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el mandamiento principal y el primero, pero hay un segundo no menos importante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 36-39).

¿Qué implicaciones tiene este texto para tu vida?

3.- ACTUAR: COMPROMISO CREYENTE.

¿Qué plan general te trazas para disponerte mejor a acoger con gratitud el amor que Dios te tiene y para afianzar el amor a todos los hombres? Fíjate algún compromiso concreto y realista para acrecentar en tu ambiente la valoración teórica y práctica del valor de todos los seres humanos de acuerdo con el plan de Dios.

Al igual que en los temas anteriores, sería conveniente que te dirigieras sencillamente a Dios expresándole lo que has sentido al reflexionar sobre este tema.

[1] Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 22.

[2] Tema V, pág. 155.

[3] Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 24.

[4] Tema V, pág. 160

TEMA VI

LA RESPUESTA DEL HOMBRE AL ANUNCIO DEL EVANGELIO: LA FE Y LA CONVERSIÓN[1]

 

Desde el punto de vista humano, tener fe es creer en algo o alguien, confiar en él, es reconocer el valor positivo que aquello tiene para la vida. Según este criterio, todas las personas tienen fe, creen en algo.

Desde el punto de vista cristiano, la fe es la respuesta a Dios que se revela en Jesucristo. Así pues, la fe implica muchos aspectos: conocimiento de la salvación que nos trae Cristo, confianza en la palabra de Dios, nuestra obediencia y entrega personal, comunión de vida con Cristo en espera de unirnos a Él plenamente tras la muerte, etc. “La fe cristiana es el sí integral del hombre a Dios que se revela y comunica como su salvador en Cristo”.[2]

En el Antiguo Testamento creer es fiarse de Dios, de su promesa, de sus mandamientos. En el Nuevo Testamento creer significa aceptar el testimonio de Jesús y también unirse a la persona de Cristo resucitado, así como aceptar que la salvación es una gracia que Dios nos da, a la que, por supuesto, hay que acompañar con nuestra actitud responsable. En la Carta a los Hebreos se nos pone como ejemplo de fe a Abraham, que se somete en todo a la voluntad de Dios, obedeciéndole. El Catecismo de la Iglesia Católica nos propone a la Virgen María como modelo:

La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que “nada es imposible para Dios” (Lc 1, 37) y dando su asentimiento: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Isabel la saludó diciendo: “¡Dichosa la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1, 45). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada”.[3]

Recibimos la fe de la Iglesia, que la alimenta y la sostiene. Creer es un acto personal, pero no aislado. La recibimos por los demás creyentes, por sus palabras y testimonios, así como por los escritos que nos la presentan y esclarecen. Nosotros, a su vez, debemos transmitirla a otros. La Iglesia, como comunidad de creyentes, es la primera que cree, y de esta forma alimenta y sostiene nuestra fe, de ahí que la llamemos “madre”.

Esta fe que recibimos es única, pese a que la iglesia la viene transmitiendo desde hace muchos siglos, en muchas lenguas y culturas. Su contenido es inalterable.

Una vez que nos hemos adherido plena y sinceramente a Cristo por medio de la fe, el paso siguiente es la conversión, que es obra del Espíritu Santo en nosotros y de nuestra libertad personal. Esta conversión es un proceso que dura toda la vida.

Este proceso lleva consigo transformarnos según los valores evangélicos: “cambio progresivo de nuestros pensamientos y criterios, de nuestros sentimientos y vivencias, de nuestros comportamientos y costumbres. En suma, de nuestro modo de pensar, de sentir, de actuar, de vivir. Y esto no sólo en las repercusiones personales e interiores, sino en las consecuencias sociales de nuestro modo de estar en el mundo: en la familia, en el trabajo, en la convivencia social y política”.[4]

Por último, no debemos olvidar que todos los hombres tienen derecho e escuchar la Buena Noticia del Evangelio para alcanzar la plenitud de vida que nos trae Jesucristo.

Reflexión personal.-

1.- VER: MIRADA CREYENTE.

 Cristiano no es el que nunca ha pecado, sino el que experimenta la misericordia de Dios “que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores, para que se conviertan” (Lc 5, 32).

Piensa en un hecho en el que aparezca cómo la misericordia y el perdón constituyen una experiencia humana y liberadora para quien los ofrece y para quien los recibe. ¿Qué experiencia tienes tú de perdonar y ser perdonado?

2.- JUZGAR: REFLEXIÓN CREYENTE.

Lee la parábola del hijo pródigo en el Evangelio de San Lucas 15, 11-32. ¿Qué enseñanzas tiene la experiencia del hijo pródigo para tu vida?

3.-ACTUAR: COMPROMISO CREYENTE.

¿Qué plan general te trazas para disponerte mejor a acoger con gratitud el amor de Dios en tu vida mediante una conversión permanente al Evangelio? Fíjate algún compromiso concreto y realista para implicarte más y mejor en tu proceso de conversión.

Al igual que en los temas anteriores, sería conveniente que te dirigieras sencillamente a Dios expresándole lo que has sentido al reflexionar sobre este tema.

[1] Resumen del Tema VI del tomo 1 del Itinerario de Formación Cristiana para Adultos.

[2] Tema VI, pág. 171

[3] CCE 148

[4] Tema VI, pág. 177